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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

viernes, 6 de noviembre de 2015

ENTRE AZUL Y PLATA Y VERDE ROSARIO...

Qué poco me gusta verte nublada, cuando volví a tu encuentro y observaba el infinito asomado a los cielos de San Gil. Esos cielos que son siempre azules hasta que la noche o las esponjosas nubes lo tapan como un enorme tapete. Nubes que no anunciaban agua para aguar la fiesta que desde lo meses venia ansiando, pero que restó belleza a las horas de luz, una luz que se volvió más gris y quizás, muchos siempre han tenido como de gris brillante el color de la plata. El cielo que es azul parecía de plata en una jornada que como dije ansiaba llenarme de esos mismos colores impregnados en un palio que levantó el pellizco de la espera una vez más en la ciudad eterna. Fui a tu encuentro Híspalis que abrías tus rincones para recibir a la Madre dolorosa de aquella otra Madre gótica que desde tierras catalanas te trajeron bautizada como Hiniesta. Bien sabia la chiquilla que tuvo que levantar por dos veces Antonio Castillo Lastrucci –tres con la letífica- que tenía ganas de ese azul y plata, que es lo mismo que Ella misma y todo su ser y toda su esencia. Fiesta en el rincón de la vieja Híspalis que invocamos como San Julián, de la que por cierto no se ha parado de recordar el triste periodo de la destrucción en los tiempos convulsos que siempre acarrea la política, cuando lo que se celebraba era algo más grande, más hermoso, más antiguo como es el nacimiento y también la vida durante los siglos y actual de la penitencia nazarena a través de la cofradía de aquella Virgen de los Dolores que pudo tallar Montañés o ¿porque no Mesa? y que se acabó llamado como aquella retama donde la goticista gloria esperaba la gloria de la vuelta a la recién conquista ciudad, aunque fuese por la fuerza, para la cristiandad.
Un palio atravesaba la multitud, decía las crónicas de red social, y otra vez desde las cinco de la mana, emprender un viaje tras el trabajo en busca de una ración de gloria. Gloria que atisbábamos desde el hotel Macarena con esa torre que rasga como faro los cielos de San Gil, y estando en San Gil había que visitar a la Señora, sin más, vestida dicen emulando a los tiempos de aquel que desde el arco la mira para la eternidad del tiempo, y aunque es difícil apartar la mirada de la suya pudimos ver el atuendo, entre los candelabros de su “hermana” Rosario pidiendo calle y cómo, como siempre, Esperanza parecía respirar incluso mirándole la espalda o en el espejo de la que es su maravillosa alcoba.



























Dicen que está sobredimensionado el fenómeno de las procesiones extraordinarias, pero Sevilla y mucho más allá esperaba a la Hiniesta. Bien sabe la Virgen que por las circunstancias, no por las que uno desea, quizás por las que allí arriba se decretan, que poco la he visto los Domingos de Ramos por ello la pasión por llevarme el corazón tintado como su manto, como su palio, como soñó aquel que pasa las horas apostado en el bronce del arco eran grandes y eso que no escuché en toda la tarde el maravilloso comienzo de la partitura de Marvizon que nos dibuja la estampa de la Hiniesta paseándose por la primavera. Pero no era primavera, aunque lo pareciese, aunque Ella conquistara el Pumarejo lloviendo solo flores y oleadas de pasión de quien la esperábamos, sin cortejo, solo sus hermanos de Arahal redibujando la esencia de la historia musical y el poco servicio de acolitado y junta de gobierno que fueron la flecha que abría Sevilla para que la Virgen pudiese caminar. Campanilleros de Farfán que en el alarde costalero de los hombres de Ariza volvieron, no a dibujar, sino ansiar la llegada de los días donde estos parecen más que nunca tener la sublimidad completa. Coronación para la vecina y para mí, la Señora del barrio y mas allá, y la apoteosis de un paso palio nos entornaba los ojos, la ilusión y el alma. Acaba todo por comenzar y ya nos despedíamos de Ella, pero algo nos frenó y volvimos la marcha y es que quería la Virgen marcharse con Macarena de Abel Moreno y eso es porque conmigo estaba Pradas y Ella quería decirle que estaba complacida por su visita. ¡Ai! Sevilla siempre llena de todo, siempre con agenda cofrade que completar, buscando un beso por San Román que se nos resistiría una horas más, antes quiso mi Piedad servita que le rindiera una visita, seguramente quería enseñarme su suntuosa nueva cruz de plata y carey, más cruz de carey por Sevilla…
Parecía que no habíamos hecho nada y la noche nos conquistó para volver a su encuentro cuando la masa abrazaba la plata y el cielo azul que era su palio. Lenta procesión, sin ganarle muchos metros que dibujó los retrasos y la esperas eternas que en Montesión se hacía imposibles y por ello había que buscar ese rincón que nos llenaría de la gloria, de la gracia aunque tras dos horas y media llegaría Ella con la sobriedad que parece siempre influir este mes que llamamos de los difuntos. Se callaba la multitud bajo el azulejo de la Amargura y la sobriedad de la blanca y rigurosa cofradía se hacía presente cuando la Hiniesta se volvió rancia y hacia el silencio más absoluto, caminante, con Margot. Se detuvo el camino aun sonando la marcha y es que sabían que había que entrar en San Juan de la Palma como merecen los cánones, haciendo que los Font desde el cielo nos apretaran el nudo para que pareciera un poco más Domingo de Ramos, se buscaban dos compañeras de jornada y la Hiniesta se hizo Amargura al son, al compás, deteniendo el tiempo, hipnotizando en ese preciso momento en que la cera parece tocarte y a su vez desaparece para dejar siempre enmarcado el rostro de la Madre de Dios. Son esos momentos que merecen el viaje cuando sin percibirlo, sin echar el paso a tierra la Hiniesta fue engullida por la casa de la Amargura. El manto de plata se perdía y la masa lo seguía, y tras Ella nos fuimos para volver a hincharnos de gracia y envidia sana. La joya juanmanuelina frente al camarín de la silueta inconfundible, siempre con la genialidad de Hita y Castillo a su vera. La Hiniesta parecía decirle, “mira que joyero me regaló a mí, nuestro Ojeda”. Juntas de gobierno frente a frente, tíos como castillos, nada de señoras “beatas” como diríamos o dirían los despectivos -de lo cofradiero y lo religioso- por aquí entonaban la para mí siempre escalofriante oración de la Salve. El mítico simpecado de la primitiva Virgen, el que por desgracia vino a enriquecer la serpiente blanca amargurista un Domingo de Ramos de esos, que nunca se tuvieron que saber explicar muy bien. La palabras sabias del hermano mayor casi devolvieron a Sevilla a la Hiniesta, que se marchó a los sones de su Estrella Sublime mientras este que les habla se perdía en los ojos del que guarda silencio… cuanta lección, cuanto nos hablas y que poco te escuchamos… ante palabras necias siempre silencio, ya lo dijiste Señor, nos echéis perlas a los cerdos…














































La madrugada, el peso de las horas apretaba aunque no lo pareciera bajo las trabajaderas del paso. Alguien me dijo que para eso llevarían seis cuadrillas, siempre el mismo tópico, aunque ese día se presentasen las cuatro de la hermandad (las dos del Cristo), en Sevilla con dos van sobrados, porque no es más hombría ni más fe es lo que fuera de allí tanto cuesta aprender y aceptar:  técnica y oficio.
Bajo un naranjo entre la cada vez más esplendorosa Santa Catalina, tabernas antiquísimas de lo cofradiero y la Consolación, esa que todos llaman Los Terceros siguió la Virgen su son algo cortito, sin prisa, queriéndole darle a Sevilla todo lo posible a su Virgen que se alzaba como protagonista en un día grande. Sones de Laserna, sones de Subterráneo llenaron de embrujo la madrugada mientras el sueño comenzaba a pesar más que el galeón de azul y plata, que me tambaleaba más que los varales del palio. En San Román ya se notaron las horas, con el encuentro de los viejos amigos, con marcha de la calle Castilla se nos presentó nuevamente la Virgen y por San Marcos, algo tumbada, venia su cuadrilla buscando el centro de la calle mientras los sueños se dibujaron con Pasa la Virgen Macarena, hipnotizados con la flauta del trio, dando fin a este sueño de llenarme de Hiniesta, no había más fuerzas, el cambio de hora me llevaba más allá de las 24 horas despierto y ya solo quedaba masticar el sueño en un suave colchón en el barrio de la Macarena.
















































El día siguiente nos trajo apoteosis de las artes, en un lugar con tanto arte como el hospital de la Caridad, los hilos de oro hacían brotar baba de la sana y tener la certeza que Olmo fue otro Juan Manuel muy olvidado y menos valorado. Visitas a las Aguas, la Carretería, la capilla de San José –impresionante, nuevamente gracias Leopoldo- al Salvador, a San Pedro por donde la Virgen de Montesión, la Reina del Rosario volvía a su casa sobrepasando el medio día. Que nos llevaría a la sobremesa y tras Ella a besar la mano de las Lágrimas tras extasiarnos en la mañana de su manto, en esa iglesia que aún resuena a bulerías, y en buscas de ellas nos fuimos allá por donde vive el Gitano que una calle le limpia el rostro como verónica. Quedaba una gloria más por conocer, que no es otra que la otra Madre de los macarenos, aquella que enmarca como dice el himno, entre Sentencia a la Esperanza de San Gil. Rosario también fue de San Gil pero en la basílica se hizo macarena, sobre impresionantes andas, con largo cortejo de jóvenes cofrades –más envidia- y Salteras volviendo a dibujar las bandas sonoras de los sueños en una procesión que eso si fue correr, en dos horas un itinerario de cuatro horas, la amenaza de lluvia era la causante cuando María enmarcada por ráfaga parecía cantarle nanas al Dios dormido que sustenta como trono real y primer sagrario del Hijo de Dios. Marchas macarenas, como en la Madrugá la devolvieron rápido a su basílica, aunque lo que es correr solo lo hizo cuando los pronósticos acertaron y unas leves gotas cayeron cuando se apostaba a la vera de Juan Manuel. ¿Momentos de burbuja? Ese Rocío al abandonar Parras, la estética llamando la fe y la oración y cuando siempre sonó “Cómo Tú ninguna” marcha que se está convirtiendo para mí en algo más que simple música, banda sonora para dar gracias y pedir favores para la vuelta, se daba un nuevo sueño que es volver a Sevilla con la religiosidad popular por bandera, mañana si Dios quiere volveré una vez más a emborracharme de Sevilla y como dijo el pregonero… ¡a María!

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