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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

lunes, 17 de agosto de 2015

EXPLOSIÓN DE FE EN CANTILLANA.

En el mundo de las glorias sabía desde hace años que en Cantillana tenía que pasar algo fuera de lo común con sus devociones letíficas, curiosa la circunstancia que una dolorosa sea la patrona y cómo se vive la desbordada devoción con dos glorias, cuanta fe repartida para poco más de diez mil habitantes. El día 15 de agosto, “día de la virgen de agosto”, era uno de esos días en que la procesión de la Virgen de la Asunción tenía que desprender un no sé qué como para que los ecos de una procesión de un pueblo pequeño traspase tanto los dominios capillitas andaluces y más allá. La Virgen sube al cielo en su festividad en Cantillana, la que da nombre a la parroquia, la que ocupa su altar mayor como durante toda la noche nos recordaban los cantillaneros que viven su fe, tal vez poco comprendida para los ajenos a su idiosincrasia, divididos en la pasión a María pero en un solo icono, como si las demás representaciones mundanas y artísticas de la Virgen no lo fueran… ni con la Macarena y Triana he visto algo semejante... Procesión obviamente de altas temperaturas que se desarrolla casi en la madrugada, motivo por el que hasta la fecha nunca me había decidido ir a conocerla cuando se tiene que trabajar al día siguiente. Este año cayó en sábado y además hizo un fresco que hizo más amena la visita.



















Me levantaba como cada sábado que trabajo a las 04:30, que yo no tengo días festivos, ilusionado de que la Asunción de Cantillana me quería cerca de Ella este año. La ilusión que se respiraba en el autobús, en excursión organizada por la hermandad de la Virgen de la Cabeza de Linares –gracias Mari Ángeles  por las atenciones- que nos recogía cerca de las tres y media de la tarde en la explanada del bailenés hotel Zodiaco y nos llevaba en un quizás largo viaje y algo caluroso hasta este rincón de la provincia de Sevilla. Me resultaba extraño contemplar el mismo camino de tantos días de gloria y no alcanzar la vieja Híspalis, sino quedarme en sus dominios pasando por algunos de sus pueblos que nunca había conocido. Cantillana era un pueblo normal andaluz de la baja Andalucía, pequeño, parecía impasible a cualquier fenómeno extraordinario, eso sí, engalanado por doquier con banderas azules y blancas, el color de los “asuncionistas”. En una plaza bajo la presencia imponente de la torre de su parroquia costaba asimilar lo que estaba por venir mientras los músicos de la Agrupación Musical “Muchachos de Consolación” de Utrera me trasportaban a aquellos años de músico durante tantos viajes por la geografía andaluza mientras afinaban sus instrumentos. Una empinada cuesta nos llevaba a una desértica iglesia donde en apenas una hora cambiaria todo y de qué manera. Tomando un refrigerio en una zona que da al mismo campo que nos habla de la condición agrícola de la zona, con la mismísima Torre Pelli en la larga distancia comenzó a palparse lo que entre unos y otros hablaban de lo que pasaba cada 15 de agosto en Cantillana.
Si por algo también es conocida, es por su cuadrilla y sobre todo por su martillo. Pasado todo lo que voy a intentar contarles pensé qué sería de aquello cuando quien dirigía a los hombres que ya comenzaban a aparecer de pantalón azul asuncionista, don Manuel Santiago Gil, Manolo Santiago para las eternidades costaleras cuando su sencillez y lenguaje lleno de gracia se entremezclara con la espontaneidad del pueblo cantillanero ante la Madre de Dios. Así comenzó todo cuando nos avisan que la iglesia estaba abierta y se podía entrar en ella. En el corto camino me encuentro a uno de sus costaleros, que a su vez es un grandísimo capataz cordobés, que puedo decirles si es mi voz delante del Santo Sepulcro de Córdoba. Curro, costalero de los Santiago se preparaba para darse otra chapuzón de Asunción. Ya en la igualá del “muerto”, que venía de una extraordinaria de la Asunción me hizo ver que la Asunción de Cantillana tenía que tener algo demasiado especial. Y su gente –Arce, Gallardo, Sony, etc…- por todos lados, en el interior de la iglesia, incluso portando medallas de la hermandad. Manolo Santiago les brindó conocer esto y ellos se enamoraron de la Asunción para siempre.
Ya en el interior comenzó todo, la belleza de la misma, el altar de cultos en el altar mayor y la Virgen detenida esperando tomar vida para llenar de vida a todo sus devotos, que como ellos les aseguro que no he visto otros, supongo que la Virgen será muy feliz cada día 15 de agosto con sus cantillaneros porque muestras de amor desbordado como esas pocas he visto. Un pueblo pequeño que mostró una personalidad y un nivel de acogimiento de sobresaliente. Nunca nos sentimos extraños, parecía como si fuésemos por Sevilla que no saben quién es quién, ¡qué digo!, en Sevilla me han dicho fuera que no eres del barrio y allí éramos todos iguales, como en esas burbujas benditas, las que la Virgen ya tenía formadas en el interior de la casa de Dios. Se podía ver salir el paso desde dentro, y digo bien, en lugar de cortejo, porque esta procesión traspasa las fronteras de lo popular. Así como se los cuento, no había cruz parroquial, ni cortejo, ni simpecado, ni ciriales y de eso tenían y de los buenos. Las varas corporativas se perdían y se balanceaban entre la bulla que rodeaba siempre al paso. Pueblo engalanado, detalle que me encantó, los hombres de traje aunque hubiesen alcanzado el termómetro los 50 grados. Visita en la iglesia a la Divina Pastora, y no me gusta decirlo así… “la rival” y a una hermandad penitencial, la Misericordia, donde rápidamente advertimos por improntas que el crucificado seria de Lastrucci y la dolorosa de Buiza, luego tranquilamente he podido comprobar que es la hermandad que tiene el antiguo paso de las Penas de San Vicente, curioso, después en la calle me presentaron a un excostalero de esta hermandad de la capital.
Pero había que conocer el don de la Asunción de Cantillana cuando sonó el martillazo del pasazo donde magistralmente se conjugaba la madera en pan de oro con la plata y donde han trabajado José Gil – que no es “currito el dorador” como apuntan en la web de la hermandad-, Antonio Vega, el más de actualidad Verdugo, Borrero o el mismísimo Sebastián Santos con el impresionante trono de nubes y ángeles que elevaban a la inconmensurable talla de la Virgen, la cual es una obra anónima, según ellos del siglo XVI, desde el sepulcro de su dormición y tránsito y subida a los cielos en cuerpo y alma como creemos los católicos, devoción que insufló en el pueblo el reconquistador San Fernando, el cual iba en el paso –el sepulcro está inspirado en el suyo de la catedral- y que vimos reflejado en todo el pueblo al paso de la procesión. Basta con leer en su web la introducción a sus aspectos técnicos y artísticos para intentar asimilar la pasión que levanta entre sus devotos, sin olvidarse nunca de las pullitas a los “rivales”. Lean y lo comprobaran: “No tiene la Hermandad de la Asunción mayor tesoro, mejor joya, más valioso patrimonio que su Imagen Titular. Como tal tesoro, luce incomparable, día tras día del año, en el lugar de mayor privilegio del pueblo; el Altar Mayor de su Parroquia, largamente ansiado...
La Asunción de Cantillana llega al corazón de cuantos la contemplan. Su dulce mirada, sus brazos abiertos, sus manos grávidas, sus rodillas postradas,... nos hablan de su glorificación. Todo aderezo es inútil para resaltar esa belleza que solo es posible en la Madre del Redentor, tan magistralmente representada en esta singular efigie cantillanera.
La Asunción de Cantillana es una maravillosa escultura del siglo XVI, de autor desconocido.”




























































Aun cuando la banda de Utrera, la que abría… “la comitiva” interpretó sus sones en el interior del templo –transportándonos al Porvenir- se mascaba una rara tensión de espera pero como decía sonó el martillo y la cuadrilla de Antonio Santiago comenzó a subir muy despacito a la que se eleva a los cielos como Reina y Madre del cielo y de Dios. Sonó la música de la banda de la Soledad de Cantillana que rayó durante toda la noche a un altísimo nivel y con un gusto musical aún más exquisito, en sí, para mí eso es lo que más me llena, calidad en el arte efímero que fue digno de empaparse y presumir de la Virgen como tantas veces diría Curro. Y ahí empezó todo, parecía como si el populacho llevase siglos conteniéndose, parecía que no podían más y las muestras de fe de la más popular emergieron de los labios, las miradas, la exaltación, con todas sus fuerzas. El caminar de la Asunción está siempre dibujado por manos al cielo vitoreándola, de gritos de pasión, de palmas incesantes. Guapa, reina, perfecta, Asunción gloriosa, categoría, elegante, orgullo del pueblo, asuncionistas, etc… fueron palabras que aún están machacadas en mi cabeza y creo que tardarán mucho en borrarse.
En el interior de la iglesia no había prisa, la Virgen tenía que traspasar el dintel a las nueve y quince minutos antes ya parecía flotar por las naves de su casa. Las caras de hombres y mujeres eran indescriptibles, se notaba que los ajenos a esto no podíamos parar de observar la reacción de la gente que sacaba todo lo que tenía dentro ante la Virgen. La verdad no hay palabras para describir aquello, ni paso, ni arte, ni cuadrilla, ni música, era la pasión cantillanera la que dejaban a los demás sin palabras, sin saber que decir, sin poder expresar las sensaciones. Mis compañeros baileneros comentaban con envidia sana para la nuestra pero la idiosincrasia popular es imposible de copiar, eso nace de muchas cosas durante muchos años. El “Ave María” de Schubert enmudeció en la medida de lo posible bajo el umbral hasta que a tierra salió a Cantillana, según los presentes, su reina, yo lo cuento desde la imparcialidad y la gran marcha de Pedro Braña en su honor comenzó a dibujar las chicotás esperadas de los Asuncionistas de Cantillana y más allá. Comenzamos el periplo de momentos hasta que me crucé al que me faltaba, el grande de Federico que con su familia al completo volvía ante una de sus citas sagradas con la Asunción de Cantillana. Nos salió bien la jugada acompañando a tan buen cicerone asuncionista que no paraba de saludar a cantillaneros, y su gente, como el bueno de Morillas y en un cambio de relevo nos venía Curro bajo un costal. Le dije que nunca lo había visto antes así, que solo de negro pero no es cierto, en la Reina de Todos los Santos lo he visto de costalero. Qué mejor recuerdo que una foto con ellos y la Asunción viniéndonos con “Hiniesta coronada”. La Madre de Dios se respiró por todos los poros del pueblo, me sobrepasó pero he de admitir que para mí sigue teniendo la cara de la que vive en San Gil. El nudo fue grande cuando sonó “Madrugá Macarena” y sobre todo cuando “Como Tú, ninguna” elevaba los repelucos de la gracia, Javier Prieto guiaba la revirá, y Federico saludaba a la niña de Santiago, y en el trio solo se podía mirar a la Asunción gloriosa, recubierta de elementos reales, con su muñeca de emperatriz y su “perfil inigualable”, la música siempre llamando a la mística para cuando con “Macarena” de Abel Moreno se nos marchaba la Virgen tocada de una singular toca que me embriagó –“una así para quien tú ya sabes Pedro…”- y de un playero Pradas nos acordábamos y es que como me decía Federico con su sorna califal, nosotros en vez de irnos a la playa nos vamos de cofradías.










































El pueblo engalanado hasta por donde no pasaba la Virgen, Ella caminando con su son y la fe de su pueblo al compás. Sonaban sublimes marchas para estrellas, como “Virgen de la Estrella”, esa que escribió “aquel que era tan bueno que vivía en la calle de la Feria de Córdoba” que invocamos con los antológicos apellidos de Gámez Laserna. Un refrigerio que aunque no hacía nada de calor la masa humana sí que levantaba las calderas de la tierra. Nos vino Asunción por Pastora Solís y con “El Corpus” de Uralde levantó la oración que me metió en la burbuja, a ver si quiere echarme una mano en lo que le pedí y llegó un estrecho callejón llamado como de “Josefa la del caco” donde el paso nos apretujó y nos encandiló con el aroma a nardo asuncionista y la pasión se volvía a contener con los solemnes compases de “Hosanna in Excelsis”, por dos veces que hizo romper nuevamente el júbilo de sus apasionados devotos, como en una lata de sardinas, dejándome un cristal de las gafas de sol para la posteridad en aquel rincón cantillanero, observé como una desnuda espalda de una chica, delgadita ella se le tensaban todos sus músculos ante el frenesí que emanaba de su alma gritándole a la Virgen lo que la quería con todas sus fuerzas. Que pueblo más bonito, sobre todo en esta zona, que pueblo de señoriales casas, algunas cerradas a cal y canto y que pocos bares, que paramos en un “sindicato” donde comimos algo para afrentar la más famosa de las calles del recorrido, la de Martín Rey. Era una de las más amplias del callejero cantillanero pero ya estaba a rebosar mientras por Castelar el alto paso movía a la Asunción al son de “Coronación” y el pellizco me elevó a aquel día en el Cerro. Ya perdí de vista a Federico, con la gente de la excursión esperamos paladear el momento esperado por tantos. La entrada valió su peso en oro tras la incesante explosión de fuegos artificiales. Clamor, palmas, era un sin cesar de vítores y las revirás de las cuadrillas de Santiago se fijaban con “Guadalupe” hasta que la Virgen comenzó a inundar Martín Rey con la corneteria y la masa allí apostada se hacía insufrible. No fue nada nuevo para mí estar en ese tipo de bullas, pero lo cierto es que fue duro. Los enfervorecidos devotos cantaban su himno, era un mar de almas, abajo y en los balcones con su ojos puestos en la que “miraba los cantillaneros que están en el cielo”. Nuevamente subió María a pulso, el arranque de la cuadrilla hacia fluir las pasiones, seguramente hoy muchos de ellos estén afónicos, volvió a sonar el himno, y el cante se elevaba al cielo donde María miraba y donde eternamente desde Cantillana ansía partir. Calló la petalada, la verdad las he visto más largas y espectaculares para lo que me habían contado que era esta que cubrió a la Reina del cielo, porque si les enumerara todo lo que le decía sus devotos me faltaría blog. Desgastó en demasía el momento, de apretujones, de empujones pero eso sí, ni una mala cara cantillanera, me quito el sombrero con el comportamiento de los locales, como me apuntó Federico, para ellos es un orgullo lo que arrastra la Virgen fuera de sus fronteras. Al final la Virgen llegó ante un arco de luces donde entró en la calle y se volvió y se depositó bajo el mismo como si de un altar efímero y callejero se tratara. El cuerpo pedía clemencia, para los pies, para el motor de energía, las cuatro y media de la mañana hacían mella y aun nos quedaba bastante por hacer, pero la expedición castulo-baeculense se vino abajo, estábamos más que colmados o eso creo, yo por lo menos acepté poner fin a la experiencia, me fui muy satisfecho, merece la pena vivir el 15 de agosto en Cantillana, daba envidia sana ser creyente y ver cómo se puede vivir esta nuestra religiosidad popular que tanto nos acerca a las cosas divinas. Volvía en la noche, por fin pudiendo hacerlo durmiendo tras tantos viajes conduciendo el coche y es hoy después de lo vivido cuando comienzo a paladear el sueño vivido con un ¡viva la Asunción Gloriosa de Cantillana!
…Dicen que todo el que prueba se envenena de Ella y no puede dejar de ir cada año, pero eso solo lo sabe la Virgen…
Una estampa me regaló una señora y con su salve les dejo:
Salve, de los ángeles Reina
Salve, de los cielos Señora
Pura, cual magnifica aurora
Salve, en tu coronación
Salve, circundada de estrellas
Salve, cual radiante visión
Salve, Madre de Cantillana
Salve Gloriosa Asunción…

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