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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

martes, 23 de diciembre de 2014

EL GALEÓN "DEL SENTENSIA"

Ésta tan desbordada universal devoción y la fama de la Esperanza Macarena en el mundo –no descarto que algún planeta con vida inteligente, en alguno de sus bares, si los tuvieran, tuviesen una cuadro de la Esperanza- que parece que todo lo que es Ella y todo lo que la rodea es el único universo que contemplan todos los que se acercan hasta sus divinas plantas. Leyendo su historia y lo que Ella y su hermandad suponen para el mundo cofradiero sevillano y cada día más mundial, podremos encontrar a veces casi obsesivamente como se refieren a la gracia mariana de su hechura, al populismo de su cofradía en el cortejo del palio, al primer besamanos, al color de sus vestimentas, a la glorificación de su estética y como no, a la importancia de su paso en el resto de pasos de palio que conocemos hoy en día tras la realización de los conjuntos que la han sustentado y cobijado más recientes, es decir, el hoy palio de la Estrella, el palio rojo de Rodríguez Ojeda y la revisión de aquel con el actual, que curiosamente es el que menos se publicita de su historia, posiblemente porque parte del rojo de Juan Manuel, aunque para mi entender le dio un giro de tuerca más y aportó una nueva visión estética que iba más allá del mítico palio Juanmanuelino.
Pero me voy por los cerros de Úbeda… no vengo a hablarles de nada de lo más propio de la Esperanza, bueno si, de algo muy importante, de su Hijo que aunque todos sabemos es el Gran Poder, los macarenos más auténticos saben que es el que vive un poco apartado de la universalidad del camarín en la basílica, viviendo frente a frente con la otra “gran olvidada” ante el caudal desbordante de la Esperanza, la Virgen del Rosario. Cristo Cautivo de “el” Sentencia, magistral ejemplo de religiosidad e idiosincrasia sevillana de seguir entendiendo al Hijo de Dios como un Rey de los mundanos al que hay que revestir de oro, entre la teatralidad del genio de Lastrucci. Todo ello sustentado por el protagonista de esta entrada, uno de los pasos más singulares de Sevilla que tuvo quizás la mala suerte de ir a parar a una hermandad donde no sé si es lo que más vende, pero la obsesión de la gran mayoría solo tiene un punto de mira… la Esperanza.
Bendita obsesión pero si por algo soy macareno –de corazón, no de nómina-, es por la filosofía histórica de la hermandad, algo que por cierto a veces me da la sensación de que hoy día ya no se está a la altura innovadora de antaño, hoy parece que las grandes no, grandísimas apuestas artísticas también se han alejado de San gil o que simplemente ese aura de “clásicos”” del que se está llenado la Semana Santa hispalense considera que ya está todo hecho, claro está, viéndolo este que suscribe desde fuera.
Yo creo que si el paso de la Sentencia estuviese en otra hermandad, no se cesaría de hablar de él, porque creo que lo merece, enorme barco que por sus trazas y volúmenes no me extraña que cuenten que es de los que más pesa de la ciudad. Es un paso que la verdad, antes de verlo por primera vez no me decía nada especial por fotografías y videos, obviamente sabía que era una joya pero como la gran mayoría de las cosas que se pasean por Sevilla. El canon sevillano se dibujaba por sus rincones pero le veía algo extraño. Llegó el momento de verlo en la basílica, aun me queda verlo en movimiento donde sin duda cambiará radicalmente como les pasa a todos. No sé si era el ajetreo del día, si el poder de atracción de su Madre hacia el resto pero no le prestaba la merecida atención. Fue el día que visité el museo – el viejo y sobre todo en el nuevo- y opté por contemplarlo con la visión para la que estaba dispuesto en la sala expositiva, como una obra de arte a la que le falta su Amo, el que le da sentido y que hace o debe de hacer que en la iglesia o en la calle todas las miradas vayan hacia Él cuando descansa sobre su retablo errante.
Se realiza en 1955 para sustituir al paso anterior (José Gil, 1910) , que era una gran obra del canon más implantado desde el resurgimiento decimonónico de las cofradías que constaba de canasto de bombo, respiraderos, enorme en proporciones, candelabros de guardabrisas, etc… el paso de misterio sevillano por todos conocido del que aún se conservan piezas en la basílica. La verdad desconozco el motivo para sustituirlo por nuestro protagonista, siendo donado a la hermandad por otra de las familias más reconocidas del mundo del arte español como fue la de Juanita Reina, aunque en algunos lugares se dice que fue ella quien lo donó y en otros dicen que su padre, pero vamos me imagino que si fue éste, obviamente gracias a la riqueza que obtendrían del trabajo de la eterna “reina de la copla” –hasta para esto la Macarena se sumerge en ese mundo-. Como pasara con la obra de Ojeda, el reconocimiento artístico se lo llevaría el que simplemente dirigió las obras pero sin dar un golpe de gubia, ese fue Juan Pérez Calvo, el cual formó un tándem de artistas de la talla que se convirtió en unos de los talleres más prolíficos de retablos –como todos los de la basílica macarena- y pasos de la ciudad y fuera de ella, de los que tendré que hablar algún día en esta casa por sus trabajos más desconocidos en la ciudad de Jaén.



















Donde sobre todo destaca la genialidad del paso es en el canasto, los respiraderos y candelabros prácticamente siguen el canon establecido en cientos de pasos, pero en el canasto se dibuja una obra que aun basándose en la planta del paso sevillano se presenta unas formas novedosas como la singular cornisa, alternando talla y planos, el movimiento del canasto que sin ser de bombo el tallista Rafael Fernández del Toro dejó la que quizás sería su mejor obra que como dije a veces se le adjudica a la mano de Pérez Calvo, el cual solo era el jefe de la empresa. El dorador de aquella sociedad fue Antonio Sánchez al que se le atribuyen toda la hechura de algunos pasos fuera de Sevilla. A destacar los nuevos conceptos iconográficos que se aportan como la disposición sumamente rompedora de la imaginería del paso donde centraliza en el centro de cada costero los componentes del “Tetramorfos”, es decir los cuatro evangelistas cuando es el lugar más inusual. Una imaginería o una concepción de la misma quizás un poco vanguardista, más teniendo en cuenta quien fue el genio que realizó las quizás cartelas de un paso más grandes de la Semana Santa, amén de toda la imaginería del paso, el eterno Luis Ortega Bru. Las mismas tiene la particularidad de no ajustarse a lo que podríamos llamar marcos o medallones como las llaman en otros lugares, hornacinas, capillas, etc… de la misma talla del canasto que se dispersaban comúnmente en los centros de los canastos, las esquinas he incluso dividendo medidamente la superficie de los costeros que al ser más largos pueden ocuparse por más cantidad. Estas rompen ese canon, siendo de tal tamaño que prácticamente llenan todo el hueco del canasto haciendo del mismo un auténtico retablo expositivo de las magistrales escenas bíblicas donde se representan:  el Nacimiento de Jesús, la Adoración de los Reyes, Milagro de la Resurrección de Lázaro, la Expulsión de los Mercaderes del Templo, Entrada de Jesús en Jerusalén , Prendimiento de Jesús, Azotes en la Columna, Coronación de Espinas, Caída de Jesús, Exaltación de la Cruz, Traslado al Sepulcro –muy inspirado en su misterio de Santa Marta-y la Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. La filigrana tallada por Del Toro y dorada por Sánchez enmarcan estas escenas que en un principio fueron ideadas para ser barnizadas en su color, idea muy propia de su autor que fuera formado en el arte contemporáneo y que tanto chocase en la Sevilla cofradiera. Una página más a sus remodelaciones artísticas cuando Rafael Barbero las policroma al modo más del gusto capillita en 1959 y en una nueva ocasión en 1979 por Luis Sánchez eliminando con ello seguramente ciertos conceptos visuales y por consiguiente ideas artísticas que idease Ortega Bru.
La última singularidad de este canasto lo encontramos en las esquinas donde aparecen sendos relicarios –de Fernando Marmolejo- escoltados por dos ángeles cada uno, igualmente salidos de la gubia de Bru, donde aparecen pequeñas imágenes de San Gil, San Basilio, San José y Santo Domingo de Guzmán. Unas esquinas que en cierto modo rompen con lo establecido en el paso sevillano donde sin duda aires malagueños pudieron inspirar al diseñador de los trabajos al utilizar un recurso muy común en el neobarroco que se destiló para los tronos malacitanos con la presencia de conchas de almeja –Vieira- sirviendo como de especie de hornacina para cobijar los atributos de plata.






Esta es la joya única que también posee la cofradía de la Esperanza Macarena, la que hizo gala en su tiempo de esa búsqueda de exclusividad, de aportar una vez más algo nuevo y que aún perdura porque apenas este paso a transcendido a la hora de inspirar nuevos trabajos de los artistas andaluces –quizás el trono del Traslado al Sepulcro de Málaga-. Enorme galeón que lleva sobre si al bien más preciado y desconocido de los macarenos puros de la casa, entrecortándose en la Madrugá entre las plumas de la centuria, dibujando esa estampa única cuando el paso comienza a andar con el costero largo, al compás del singular toque romano del maestro Hidalgo y el quejio inconfundible de las cornetas de sus romanos. Hoy, en esa búsqueda de contar cosas nuevas he querido mostrar una joya de la Semana Santa hispalense absorbida por la imparable veneración a la que en Sevilla dicen es la Madre de Dios… y es que tan pocas palabras lo puede explicar todo.

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