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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

martes, 18 de noviembre de 2014

EL DIVINO PERDÓN ME LLENÓ DE COMPASIÓN...

Ya ha pasado tanto tiempo, ya ha girado tanto la bola azul y aún no he podido volver a recrear aquel momento que inesperado me hizo viajar al pasado. Nadie parece que grabó y quizás por ello nadie aun lo colgó, el preciso instante hecho chicotás, al suave compás, despacio, templada en que un joven Cristo Nazareno cargó con el madero, mientras éste aun le costaba adentrarse en las vísperas de la gracia, porque siempre fueron vísperas, aunque parecía que era la hora aún le quedaba una vuelta más a la bola de los océanos y continentes. El cansancio caía sobre mis hombros como la cruz caía sobre el suyo, bueno... seguramente su peso era más grande, de este joven Nazareno, Divino Él, llevando el Perdón hacia las nuevas extensiones de esa mitológica ciudad que corona un Giraldillo, el cual desde allí ni se contempla, pareciese que estuviésemos en otro lugar. Mira si está lejos, que la fe giratoria sobre el alminar de la gloria le cuesta ver sus perfiles de torres de viviendas abriéndose a la palabra del Maestro hecha cofradía.

Alcosa se hacía cofradía, el barrio se hacia Sevilla y se hacia la semana de las fugacidades contenida en una sola jornada. Un Dios adolescente como lo es su barrio, de repeinada cabellera arteaguiense, de dulce presencia, poderoso e íntegro para llevarse sobre si, bajo la sombra de los pájaros de hierro, todas las desdichas de su gente, sobre un sencillo y barnizado canasto, errante entre faroles al compás de su gente de abajo, pisando un camino de rojo clavel que nos hacía intuir que ya era la hora… pero no era la hora para la urbe que más al oeste esperaba ansiosa. Era la Semana Santa de la antesala de la Semana Santa, todo parecía lo mismo, hasta la penitencia se alzaba con puntiagudos caperuces, no sé si era el cansancio por la repentina hora de alzarse a la vida, por la cruz del volante o que el chit no se activa hasta que una rama de olivo o una palma se pasea fugaz por la mañana más esperada por los callejones de la Madre de Dios. Pero en aquella estrechura prieta, pero sin el encanto de las noches de la luna del Nissan, Jesús, Divino, irradiando Perdón me colmó con un viejo sueño bordado con hilos de oro sobre la solera de un terciopelo rojo, con forma de lagrima con todos sus ángulos perfectos, sin curvas, donde una Estrella de David me hacía volar a viejos anhelos que se comenzaron a forjar en las cada vez más frías noches de este tiempo de recuerdo a los que se marcharon a la vera del dulce y poderoso Jesús, como aquel que caminaba por Alcosa.
Sueños hechos música de trompeta, platillo y repunteo de corneta inconfundible. Me hacía músico bajo una boina y bombardino en esta vida capillita la mía y unas oraciones musicales se clavaban en mis sentidos para no borrarse nunca más, o eso espero, que Dios me mantenga firme esta azotea que a veces tanto hago trabajar sin necesidad. Pueblo nazareno, gentilicio de esas Dos Hermanas que vieron nacer la mítica agrupación para la Madre Estrella de la ciudad. ¡Oh Bendita Estrella!, fue el que se clavó en el alma de muchos y el que le dio su dimisión, pero como Ella misma es, “La Luz de Nuestros Años” trajo a un grupo de jóvenes aprendices de músicos la fragancia de la misticidad y las emociones. Cuantos habrán sentido esto escuchando los míticos sones de esta vieja dama, quizás maltratada por la injusticia que en su vida, cuarenta y cinco años por cierto, vino a poner su gran granito de arena en la música de Eritaña y a conformar la música más directa para los corazones de muchos capillitas que se emocionaban viendo a Dios al compás de los sones de la Estrella de Dos Hermanas.
Pasaron aquellos días, pasaron quizás algunos de aquellos sueños, pero llegaron otros, tal vez los más deseados, no lo sé, pero estaba donde sin duda mi corazón quería estar, sin obligaciones ni compromisos. La felicidad se sentía por los poros de la piel y eso solo pasa cuando hay verdad. Es curioso, tantos años admirándolos e iba a ser la primera vez en que vería a Dios caminar al son de sus sones, como por cierto me gusta más escuchar a una banda, con un paso delante. La tarde y el sol que tanto desee años atrás, el que no puede aprovechar días después acariciaba al Señor con la misma ternura que Él abrazaba el madero, cayendo siempre en el izquierdo, sobre los pies, como andan los Nazarenos en Sevilla, traspasando la fragancia del primer incienso, al compás de los tambores de agrupación y el seco percutir de la caja - como la que tocaba en Linares, Jorge, el culpable de volver a sentir esto- donde los platillos son seña de distinción y se hizo la música, estando donde quería estar, viejo anhelo de mi vida, donde la misma me volvió a dar de bruces con mi pasado cuando las agónicas cornetas alzaron al cielo aun sin estrellas, de un callejón de Alcosa… “Compasión”.

Y la pena es que quizás nadie lo grabó…

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