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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

lunes, 9 de junio de 2014

VIERNES SANTO... BAJO EL JOYERO MANIERISTA DE DIOS EN CÓRDOBA. (II)

La belleza del casco antiguo de una ciudad como Córdoba, más aun si es dentro del Patio de los Naranjos de la que hasta los cristianos llamamos aun Mezquita, es un hándicap insuperable para salir por bajo de las trabajaderas, tras un mar de costales y embriagarse con la estampa que se dibuja, mientras altos contraguías de elegante etiqueta levantan el sabroso, aunque aún rezumante al esplendor de lo nuevo – este paso cuando coja pátina y solera, tiene que ser indescriptible-, faldón bordado por un entonces menos conocido bordador astigitano, Jesús Rosado, que hoy día copa las portadas de los mejores trabajos en la urbe de las cofradías… Sevilla, pero las cosas bien hechas son las cosas bien hechas, y en Córdoba, cofradías como el Santo Sepulcro son avispadas y se adelantan en el buen hacer, cosas de tener hermanos puestos en cultura cofradiera. Si es que este blog es un continuo ejemplo, de que Sevilla es modelo inspirador, y que otras ciudades ejemplarizan como con otros modos nos podemos acercar a la insuperable idiosincrasia sevillana… estoy más que harto de decir siempre lo mismo, y la gente sigue sin entenderme, aunque quizás ya no merezca la pena seguir los dictámenes que me llevaron a crear este blog, y lo mejor es disfrutar y hacer disfrutar a la gente hablando de cofradías, que cada cual coja lo que aquí se expone, que creo que no es poco, sin duda este blog, lo bueno que tiene se lo ha traído esa parte del mismo.












Salirse, un poco exhausto, es lógico, el calor que hacía aquella tarde, en definitiva toda la Semana Santa y contemplar una ciudad que ya vibraba con las cofradías, una jornada más, intentando echar el aldabonazo a la semana de los sentidos más inigualable. Vida y masa, sin duda que a partir de aquí, una muchedumbre considerable abrazó la cofradía, se palpaba que esta cofradía es de unos altos quilates que al pueblo le gusta paladear. Destellos refulgentes de oro luminoso, como estrellas fugaces salpicaban desde el paso de la urna, un compendio salido del ingenio de varias mentes y manos, muchos de ellos, aun después de esta colosal obra, artistas muy poco conocidos que crearon una auténtica maravilla. Si es que daba pena tener que salir rápidamente en busca del nuevo relevo y no pararse a extasiarse, más cuando la grande lo elevaba otra vez al cielo, que comenzaba a vestirse como los nazarenos de cruz de Jerusalén al pecho, de negro, el cielo se volvía rancio, y Dios estaba allí desconsolado acompañando el entierro de su Hijo amado y el Viernes Santo se hacía para este que les habla, una auténtica delicia, mientras salía por la puerta en la que estuve en la Magna, y la multitud me recordaba aquel día de septiembre, y en mi mente volvía a resonar aquello de cómo podía estar yo, en Córdoba, saliendo de costalero, entre tantísima belleza de lo que es el recorrido del “Muerto”. Este relevo fue algo más corto, apenas una calle y media, curiosamente casi ante un restaurante donde el día de la Magna me zampé lo más cordobés que hay sobre los platos del placer de la buena mesa, salmorejo y flamenquín. Los aledaños estaban repletos de gente ansiosa del placer inexplicable de ver las cofradías con tan sublime planta caminando, casi deslizando altares errantes para mayor gloria de Dios, en cierto modo, sentí que por el ir debajo, me estaba perdiendo el lujazo que debe suponer ver pasar esta cofradía entera, por todos los rincones de su recorrido, esa fue también una experiencia nueva, los demás pasos que he sacado también los había visto desde fuera por todo el recorrido antes de entrar bajo sus pasos y aquí solo me podía conformar con ver llegar el altísimo paso a un nuevo punto de relevo, es decir, podré decir que fui debajo, pero no sé cómo fue por fuera, un costalero 100% costalero, dirá que es el mejor lugar, pero compréndame, soy capillita, para mí el mejor lugar es tener salud para disfrutar de las cofradías, aunque sea desde la acera.





Hacía calor, pero hacia igualmente un cierto frescor acrecentado por salir empapado de sudor de debajo de las andas, que hacía necesaria la sudadera, el día anterior tal prenda fue menos soportable. Apresurados siempre caminamos casi en fila en busca del nuevo punto, también de un refrigerio, aquí no había aguaor que recuerde, quizás con los relevos más breves, de un recorrido en cierto modo corto –el necesario para los objetivos de la cofradía, ni más ni menos-, hace que quizás esta hermandad se ahorre presentar esa estampa de un tío metiendo jarrillos de agua bajo ese paso que impone tanto respeto. En esas idas apresuradas, sentí que estaba otra vez, ante una nueva experiencia, en una nueva Semana Santa participando desde dentro que al final de toda la estación, algunos se iban en plan sorna repitiendo la manida frase que escuchamos toda la tarde-noche al salirnos de debajo del paso… “tienes estampitas”, sobre todo de niños, pero también de mayores, y es que está claro que este mundo está lleno de “simples capillitas” que siguen siendo siempre niños cuando la luna del Nissan hace acto de presencia. Es curioso, el día anterior en Linares nadie las pedía hasta que veían que tenías, la mayor parte de las que entregamos los que quisimos regalar a Dios por la ciudad, eran sacándolas y regalándolas ante la sorpresa. Se ve que en Córdoba esta moda que viene de donde viene… que veo tan magnifica, está más que asentada, porque fue incalculable las peticiones que recibíamos, uno detrás de otro, que hasta la tarjeta de relevos me la pidió un chaval. No sé si el rigor de esta hermandad permite esto, pero la verdad es que me hubiese gustado satisfacer tanta petición, es muy gratificante observar cómo se les queda la cara cuando la reciben, niños y no tan niños.




En Cardenal González esperábamos, con la sensación de que casi estaba mediada la estación de penitencia y quizás, el trabajo que podía dar el paso no iba a ser mayúsculo. Venían la alta haciéndolo flotar en una apretada calle, tras haberme tomado un Aquarius que la verdad no terminaba por reanimar el esfuerzo. Aquí tengo que quitarme el sombrero con el público que contempló la cofradía, en todo el recorrido. Una levantá se llevaba consigo un pequeño conato por alzar el aplauso como se haría con otra cofradía de corte de más de barrio, pero rápidamente ocurrió algo que hasta la fecha solo lo he visto más rotundamente en Sevilla… “ssshhhhh” hacia callar las palmas, que Dios iba muerto, para gloria nuestra, pero estamos en la tierra y las formas mundanas, son las formas, esperemos solo tres días… solo puedo decir que desde la apretada galera, siempre entre Bonilla y Valero, desde fuera solo sentíamos las cortas voces de Arce o Federico, y como no, de Curro, el respeto y silencio fue digno de la que yo solo creía que solo era capaz de formar estos respetos… Sevilla, sin duda que palpé que esta cofradía es una de las especiales de la ciudad.
Nuevo relevo, nuevo tramo para llevar a Dios en el Sepulcro manierista para avergonzar a la descendencia humana que lo matamos, Él estaba ahí por nosotros, por nadie más, y “si hacemos eso con el árbol verde, que haremos con el seco”… Ya si era de noche, y el callejero hacia el resto para perderse en el deleite de ver pasar la cofradía. Aquí fue donde definitivamente el paso dijo que “aquí estoy yo” y ahora toca disfrutar con el sufrimiento, paradoja inexplicable del mundo de abajo, ahí comenzaron a “sonar las cafeteras” –el típico resople ante un gran esfuerzo- como me decía Valero, eso sí, toda la cuadrilla siempre con un tono de voz bajísimo, porque la misma, hasta en los ensayos demostraba una profesionalidad o una devoción, según se mire, ejemplar. La calle si no me equivoco caía para el costero derecho, y caída por derecho, sin piedad, quizás era porque llevábamos al creador del mundo, y Él, tal como le dijo a San Cristóbal –que significa el “portador de Cristo”-, pesaba más que el mismo mundo. Chicotás de valor, oficio y fuerza, hacen falta pasos así, para que el costalero no se acomode en una actualidad frenética que está metiendo a muchísimas personas bajo los pasos, por si quizás esto es una moda, porque los pasos tienen que pesar, y para ello está la buena técnica para moverlos como si no pesaran.









El racheo se asentó definitivamente, incluso las arriás comenzaron a ser como observo en Sevilla, muy despacito, posándolas, hubo algunas que sonaron los zancos y nos llevamos un toque de atención, había que frenarlo, como decía Martín, justamente cuando la séptima picaba y había que apretar más que nunca, para “no enmendar el trabajo”, es decir no estropear lo bien hecho, que con este paso se nota como quizás ningún otro. Así llegamos a la cordobesísima calle de la Feria, donde mis capataces guardan a sus devociones más sagradas, debajo van costaleros del Huerto, Amarrao y no sé si Candelaria, los que viven en el San Francisco que Fede y Curro llevan grabado en el alma desde hace más de veinticinco años. Hermosísima calle, que decir de ella, casi apagada entre fantasmagóricas sombras de unos “espectros” de hojas verdes que huele a azahar. Pero seguí el rito, y había que buscar un nuevo relevo. Por allí estaba Pedro y David, que como no son ni chispa de incrédulos, saben que por esta calle ver subir el manierismo encendido en la cera de la tiniebla tenía que ser una estampa de esas en las que tendría que detenerse el tiempo. Entre las sombras, la multitud, pero no agobiante, esperaba la magnificencia, niños cansados sentados por los suelos seguían pidiendo papel sagrado, el compás rezumante de encanto y sabor, el Cristo de Ortega Bru cordobés silenciosamente esperaba en el azulejo bajo el arco, la magna urna donde iba dormido. Había que subir hasta el Palquillo, lugar de bares con sabor a cofradías donde comienza la carrera oficial que a muchos capillitas cordobeses les gustaría algún día eliminar para definitivamente contemplar a sus cofradías en algo similar a lo que se vivió el día de la Magna.




En esta ya si tuvo que caer el “agua amarilla”-y fue la que me levantó-, junto a Martin, del que luego les hablaré, porque como él mismo me dijo, comiéndome un montadito, el paso ya “venía caliente” y así seguiría hasta que se posase en el mármol sagrado de la Compañía. Recorrido la verdad corto –y es que si fuera largo…-, paso fugaz, pero todo muy intenso, en detalles, en aprendizaje, en disfrute, y también en kilos. Parecía una bola de fuego iluminando el mundo, seguramente tuvo que ser duro subir la cuesta de San Fernando. Nos colocábamos en el momento preciso de hacer rápidamente el relevo. En cada zanco delantero venia Arce y Federico, y con lo poco que se pueden exponer a hablarnos, venia trasmitiéndonos todo el camino, que el paseo estaba siendo antológico. La alta se comía una cuesta, y ahora nos tocaba a la baja otra cuesta, la de Claudio Marcelo, la entrada en carrera oficial. Es curioso, la baja prácticamente nos comimos todos los puntos, por llamarlos de alguna manera, “especiales”. Por qué no sentirlo así, igualmente me estrenaba bajo un paso de la ciudad del eterno Góngora también pasando por su carrera oficial. Recuerdos de aquellos Domingos de Ramos venían a mi cabeza en la revirá tras la Borriquita, con una soberbia interpretación de “Sobre los pies te lleva Sevilla” para estrenarme en su carrera oficial, volvía al reencuentro, pero de otra manera. Sobre los pies, solamente, me estrené por Córdoba y su carrera oficial, de una forma distinta, empujando y sintiendo el cuerpo como un pilar de carga que sujeta una bóveda catedralicia. Llegar hasta la carrera oficial para esta hermandad es casi comenzar a decir adiós un año más a su estación penitencia. El sabor de los siglos de la Compañía ya se comenzaba a paladear mientras el paso flotaba cuesta arriba, milagros de la Semana Santa. Subida cadenciosa, sin acelerar el son, el arte de los “cañoneros de la Compañía”, la verdad es que el paso caía pero se llevaba con gusto y poder, suave el compás, profundo, aquí he aprendido sin duda que abrir la zancada no es salir corriendo. A esas horas a Dios no lo despertaba ya nadie, por los bajos infiernos andaría finiquitando la misión, el silencio y la elegancia no se podía explicar con palabras, que más quisiera yo que mi “prosa” pudiese describir esas sensaciones, esos sentidos son los que a mí me hacen sentir, que hay algo en lo que debemos creer, no podemos ser simples células que nacieron de la nada, en un planeta perdido del universo…








La poca luz que percibimos, entraba algo menos bella, demasiado blanca, la verdad no entiendo la iluminación que la Agrupación de Cofradías de la ciudad le pone o consiente al palco de autoridades, porque llegábamos a las Tendillas y aunque no vi nada, solo sentir, con paso racheao y cansino, en los videos puedo constatar que quizás no es el lugar más bello para en definitiva contemplar la apoteosis de pasos de esta cofradía, antaño la oficial de la ciudad. Que diferencia nuevamente, llegar a una carrera oficial con una cofradía alegre en contraposición con una seria y de silencio, la verdad que el paso por los palcos,  fue un momento más en el trabajo de esta cofradía, esa siempre clara diferencia de culturas cofradieras... Relevo que nos hizo caminar toda la carrera, incluso hasta llegar ya ha plena calle Jesús María, donde casi se nos acababa el sueño, cumpliendo por cierto la hermandad los horarios a raja tabla, y aquí pude cerciorarme de que uno de los secretos es el que yo intuía, cual era el problema que tenían aquellas hermandades que estaban más horas en la calle a razón de sus itinerarios, y es que los pasos están bastante menos parados, los descansos no tienen por qué ser tan extendidos, aquí no había tregua a que se enfriara el morrillo. Casi se nos acababa, aun nos quedaba el privilegio de realizar algo que fue impresionante, la recogía en la Compañía, lo que si se acababa era el turno de la cuadrilla alta, era su último trabajo, en el siguiente relevo, ya dirían adiós al suave roce de Dios sobre sus costales hasta un nuevo año…

CONTINUARÁ…

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