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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

jueves, 6 de marzo de 2014

EL COLOR DE LAS TINIEBLAS

Sobre el coro donde nunca se alzan las voces de los tiempos, entre los muros del concilio que borraron los viejos modos, se alzaba la oscuridad entre las sombras del ladrillo, el mármol y un pellizco de otra época hecho sagrario que le echaba el pulso bajo la crucifixión de unas leyes artísticas inciertas de nuestra era, entre el que vive en el milagro de la eucaristía y el que vive en los grafismos del que llaman “evangelio de los sencillos”, catequesis de los pobres…







Un coro de los llamados “siglos de las luces”, pareciendo que volvíamos a la oscuridad de los tiempos de los temerosos de Dios, entonando a través de un reproductor,  levantaban los ancestrales canticos gregorianos los repelucos, ya se apagaron los ecos de Amarguras, Mater Mea o la Quinta Angustia… el barroco parecía florecer entre esos muros que ciertos presbíteros se empeñaron en borrar, unos modos evocadores que quisieron eliminar porque pensaban que ya no iba con los tiempos, que el recurso ya era caduco... Tras las sensaciones del rezo callejero, tras unos apasionados momentos de montaje, la gracia de los contrastes del barroco se alzó como de la nada, mientras altos cirios del que llaman cofradieramente el color de las tinieblas dibujaban una pequeña galaxia de estrellas, que quería hacer frente al jardín morado de la penitencia, al rojo clavel de la pasión y la sangre que dentro de cuarenta días comenzará a derramar por todos nuestros errores y fallos. El silencio, el escalofrío, fogonazos como de estrellas fugaces parecían buscar a la Madre dolorida por el amor más hermoso u hecha inmaculada concepción, incluso al fiel patriarca que le dio una cuna en su misma cuna, que más alto honor que Dios buscara nacer en el pueblo de uno, parecía querer formar parte de ese sencillo cosmos que se alzó a su alrededor, porque Él es ese centro del universo que los mundanos científicos nunca alcanzan a encontrar. No faltó ni siquiera su aroma, porque quizás para los presentes, Dios tenía que oler como ese perfume humeante que tristemente sigue sin gustar a sus convecinos, los que cada vez que salen a su encuentro siguen sorprendiéndose de cómo Él quiere pasearse por su tierra. Que buen barro se escuchó muchas veces durante la noche, que buen barro se juntó a sus pies, entre las tinieblas hechas cirios, el Dios de la Humildad y Misericordia se alzó majestuoso, esperando besos, rezos, oraciones, la visita, así estará en los próximos días, esperándonos…









Que pellizco más grande, la recompensa a un viejo Guerrero que vio bien alzarle el telón de la gloria, subirlo a más alto trono y rodearlo del rancio naranja de la cera en una sencilla cascada de estrellas…

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