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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

miércoles, 19 de febrero de 2014

¿EN QUE PIENSAS, SEÑOR?

Cada Domingo de Ramos en Sevilla, sobre todo para los que han vivido por los menos desde hace cuarenta años, le es muy usual la singular estampa que dibuja por las grandezas de la primavera que inundan en tan señalado día a la capital hispalense, la figura de un Cristo que quizás para algunos pasa un poco desapercibido, ya que el mismo va imbuido en una esencia que no es la que más levante las pasiones hoy en día de los capillitas, aunque también es cierto que en los últimos tiempos de igual forma se está relanzado esa esencia en otros tantos de lo que se ha venido a definir como “los rancios” o “los mustios”. Cuarenta años son una cifra considerable, pero quizás no es de las que entre en ese tipo de fechas redondas más afines a las conmemoraciones. Pero la hermandad de la Sagrada Cena ha destacado para este año esos cuarenta años en que su imagen titular más antiguo volvió al procesionismo hispalense.


No llevaba la hermandad un año de vuelta definitiva a la iglesia de los Terceros, cuando en 1974 la simpar portada del templo se completaría como cada Domingo de Ramos, además de la magnificencia que desprende con el misterio de la Cena y el palio del Subterráneo bajo su cancel con el del legendario Cristo Humillado del añejo Hospital de San Lázaro. La historia de este Cristo es un poco incierta como la de toda su hermandad, una más, producto en la actualidad de viejas fusiones, fusiones que alcanzan hasta nuestros tiempos con la esclavitud de la Encarnación. Quizás la actual hermandad de la Cena la podríamos dividir en dos para rememorar aquel pasado, primeramente cuando nos llega el cenáculo eucarístico y después con la que sería la otra hermandad, con el Cristo de la Humildad y Paciencia y la Virgen del Subterráneo como pueden apuntar algunas hipótesis, aunque no se sabe cuándo se pudo cambiar la advocación del Señor. Es esta imagen uno de las mejores muestras de cómo fue la Semana Santa de los siglos remotos, anteriores a la expresividad barroca tan del gusto sevillano, no realizada en madera, sino en otros materiales como la pasta-madera o las telas encoladas –seguramente para que pesaran menos- como casi todas las imágenes que se realizaron entre el siglo XV-XVI, de las cuales pocos ejemplos procesionales han llegado a nuestros días, porque en cierto grado muchas fueron sustituidas en el barroco por imágenes más afines a los momentos sociológicos que se respiraban en el Siglo de Oro del arte español. Se desconoce su autor, lo cierto que es complicado conocer imagineros de aquellos períodos y más aun intentar atribuir a alguna mano de los tiempos de iniciación de la imaginería religiosa.






Con los estigmas de su martirio como los azotes y moratones, más la corona de espinas nos indica que este cristo se asienta sobre la peña del monte Gólgota, en una actitud meditativa esperando los momentos previos a su crucifixión, un pasaje que en cierto modo también se pasea en la misma jornada por la calles de Sevilla desde la trianera calle San Jacinto y su Cristo de las Penas, aunque Aquel  nos presenta una actitud implorante al cielo, mientras tras Él, los sayones y romanos preparan el definitivo desenlace –en el pasado también figuró en un paso representando este pasaje de la pasión- mientras este nos muestra lo que su advocación nos induce, HUMILDAD, sosiego, templanza, aceptación, etc… porque todo Él era un eterno ejemplo de PACIENCIA.  En aquellos años setenta volvió a las calles de Sevilla, una de sus devociones más antiguas y arraigadas en la noche de los tiempos, llevaba treinta y siete años sin procesionar, desde los convulsos años de la Guerra Civil, donde por suerte se pudo salvar tan preciado y antiguo icono devocional de la ciudad de Sevilla. Fue durante ese tiempo casi una utopía para la hermandad recuperarlo para el culto externo, pero con el florecimiento de las cofradías de aquella década por fin pudo volver a “sentarse” por las calles de Sevilla, sobre un paso tallado en el taller de Guzmán Bejarano, sobre un tupido monte de clavel rojo e iluminado por unos singulares faroles que pertenecieron al paso de palio.





Su paso era humilde como Él, de los denominados de bombo, sin finalizar, presentando partes del canasto lisas en contraposición con las talladas. Así es como comenzó la Sevilla cofradiera a conocerlo, aquella que conoce sus advocaciones y devociones seguramente en esa semana donde Dios reina por la ciudad. Muchos serían los que quizás conocieran esa iconografía tan especial, que no por aquello de que está sentando, así iba el “Zapatero de Triana”, pero a diferencia, este apoyaba su cara sobre su mano, su apariencia de tranquilidad tuvo que chocar con aquellos que ya no lo recordaban ni conocieron por las calles de la ciudad. Tal vez fue aquí cuando se extendió ese adjetivo con el que muchos lo califican, y no solo en Sevilla, como el “Cristo pensante” o “pensativo”, porque hay que advertir igualmente que aunque en Andalucía se cuenten con otras muestras escultóricas similares de siglos remotos, fue a partir de esta vuelta a las calles, cuando se comenzaron a realizar muchas imágenes de estos Cristos “pensativos” para el procesionismo.
Aquella estampa que dibujó en aquellos primeros años setenta, fue la que tuvo que conocer mi afectuoso párroco de la iglesia de San José Obrero de mi pueblo, entonces el cura “de moda” en las cofradías sevillanas. No sé en qué año pudo ser, pero en aquella década estuvo don José Antonio Balboa ejerciendo en Sevilla y además impregnándose de la magnificencia que desprenden las cofradías de la vieja Híspalis, así que este fue el paso que tuvo que conocer, porque no sería hasta los noventa cuando siguiendo un magnifico rediseño sobre lo que había de Dubé de Luque, cuando se completaría con los respiraderos de Mayorga, el cual ejecutó igualmente el genuino sobrecanasto que le da un valor especial a este paso, algo que por cierto, es algo perdido en los nuevos trabajos artísticos de la ciudad, como es la genuinidad y los nuevos conceptos a lo que habría que añadir los especiales candelabros de guardabrisas coronados por un farol  que hacen de este paso, para mí, uno de mis preferidos de la ciudad. Sin olvidarme del magistral trabajo de un entonces desconocidísimo Darío Fernández –autor de los evangelistas de las esquinas- en la realización en poliéster del monte que imita la roca del Gólgota sobre el que se asienta la antiquísima imagen del Señor, recreando así el efecto de una ampliación de la pena-roca que sirve de base del Cristo, eliminando el hasta entonces monte de clavel, lo que unido al color caoba de las andas, más el exquisito exorno de iris morado y el salpicado de flor silvestre por el monte y la esencia decimonónica del túnico bordado del Señor tras ser despojado, que hace de este paso para mí, aunque para muchos pase desapercibido, una de las estampas con más sabor de toda la Semana Santa, cuando camina en silencio o con escolanía, abriendo el paso y marcando el contrapunto más sobrio de una cofradía con claras esencias clásicas… y que quizás como dije hace poco, no le vendría mal ponerle una banda de música interpretando las más rancias y fúnebres marchas de todos los tiempos por la tarde-noche del domingo más esperado… por cierto, con su llegada, el paso comenzó a dibujar las bellísimas estampas que cada Jueves de Corpus Christi desparrama el Señor de la Cena sobre este paso de esencia más rancia, en el traslado de ida y vuelta al altar del Palacio Arzobispal mientras no sea el misterio completo del cenáculo el que salga.











Pues a lo que iba, en aquellos primeros años que ahora peinan las canas de los cuarenta, sería la estampa que estaba fotografiando un jovial cura que acabaría siendo costalero de la Virgen de las Aguas y de la mismísima Patrona de Sevilla. Fue en la calle Francos, con la atardecida, con su cámara en ristre y vestido como los sacerdotes de antaño, el paso se detuvo y don Antonio se dispuso a fotografiar el aun rezumante a estreno, paso de la Humildad y Paciencia, aquel que llevaba los siglos de oraciones a sus espaldas, por todos los ángulos posibles –Balboa tiene que tener un archivo fotográfico de aquellos días impresionante- cuando de repente alguien le llama la atención… un hombre joven, con su hijo pequeño de la mano, al parecer de un pueblo, que había viajado hasta la capital para mostrarle las cofradías a su hijo, seguramente se sentiría imbuido por la novedad de aquellos días y se preguntaba en su cabeza algunas dudas al contemplar la iconografía del Cristo… así, llamó la atención del cura de Linares, que seguramente por ser cura tendría que saber resolverle sus dudas y le preguntó: “padre ¿en qué piensa el Señor?”















La respuesta que dio don Antonio es muy propia de su idiosincrasia, de su gran formación eclesiástica, de su gran don a la hora de evangelizar y como no podría ser de otra forma en él, aquella respuesta no se quedaría en un simple repaso a algún pasaje evangélico, por la simple razón de que no hay cuenta sobre el mismo en las sagradas escrituras. Esta iconografía nace –posiblemente los orígenes de esta representación hemos de buscarlos en el Teatro de los Misterios y en el arte germánico de finales del siglo XIV- para eso; para evangelizar, para catequizar, para hacer meditar, para hacernos pensar como en los cuarenta días que se nos aproximan, casi como los cuarenta años que lleva proclamando tan humilde y pacientemente este Cristo esa pregunta a todo el que lo contempla.  Podría estar pensando en lo que se le avecinaba, en los verdugos, en los sanedritas, en sus amigos, en su Madre, incluso si salir corriendo… pero es que esta iconografía no se limita al momento vivido hace casi dos mil años en el Gólgota, esta iconografía alcanza hasta nuestros días, y hasta todos los días que existan, por eso don Antonio que es muy avezado a la hora de ejercer su trabajo, aprovechó la ocasión que le brindó el Cristo de la Humildad y Paciencia para decirle a aquel hombre, que es lo que el Señor iba pensando… “piensa en ti”. Según me contó, desde aquel momento aquel hombre se convirtió en su amigo y él en su gran apoyo espiritual, porque don Antonio en aquellos días entendió del poder de las imágenes para tocar el alma de los que por lo que sea no conocen lo suficiente a Dios, hasta a nosotros contándonoslo utilizó su recurso para enseñarnos una de las formas más bellas y productivas para contemplar la Semana Santa de los sencillos, la de las imágenes en las calles buscando al que no sabe ir a la iglesia, quizás la mejor de todas… así lleva siglos el Cristo de la Humildad y Paciencia, así lleva en los cuarenta años más grandiosos de la historia de la Semana Santa sevillana. Él pasa silente, a veces como de “relleno” porque tal vez no lleve música, entre la multitud, esa misma que no sabe que sentado, meditativo, va pensando en la salvación de cada uno de nosotros, la que consiguió entregando su cuerpo, derramando su sangre como va vaticinando metros más adelante en la primera misa de la historia…

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