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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

jueves, 29 de agosto de 2013

FUE EN LA FERIA CUANDO TE CONOCÍ...

Tuvo que ser algún año entre 1986 y 1993, aunque yo apostaría a los últimos años de la maravillosa en muchos sentidos, década de los años ochenta del siglo XX. Aires frescos se asentaron en aquella década en todo los sentidos en la sociedad española. Muchos prácticamente nacimos en aquellos nuevos bríos, por ello es lógico que lo que voy a contarles lo recuerde por sombras, pero patentemente. Es curioso que ahora que esta la ciudad de Linares en su feria de San Agustín, me haya percatado que fue Él, el primero… Pensaba que fue la Borriquilla, pero eso fue la primera en Semana Santa, que digo, fue la Santa Cena, como buen bailenense, en aquella carrera oficial que se montaba en un lugar muy emblemático de Linares y de la feria; Santa margarita, entrada triunfal entonces al Paseo de Linarejos, y por ende al ferial con su portada de luces y la zona donde se levanta uno de los símbolos del linarensismo, su plaza de toros donde Manolete en una mala tarde para su integridad le comenzó a dar fama mundial a la mítica heredera de Cástulo… hace ya tantos años, que el palio blanco de la Paz no le seguía la estela castellanizada a la portentosa obra de Víctor de los Ríos.
Era aquella feria de San Agustín de mi infancia, en la que nos llevaba mi padre en la jornada del sábado por ser el día no laboral a todos mis hermanos, cuatro mocosos, sentados en el asiento trasero de su R-11 blanco, el cual aparcó en la zona donde hoy se levanta la plaza sobre el parking de San Agustín. Es curioso, mi padre siempre encontraba aparcamiento en aquella vieja plaza, por describirla de alguna manera, tan arbolada que cuando comenzaron las obras del nuevo parking, el cual se cargó el acceso a la parroquia salesiana, me parecía que se borraba un trozo de mi vida, aunque sea de Bailén, pero es que la cercanía entre ambas ciudades ha fomentado que el bailenense halla convivido mucho con la ciudad de Linares, sobre todo por motivos de salud, donde teníamos y seguimos teniendo que ir a la consulta de los especialistas, ya que aquí solo seguimos teniendo, por población supongo, un centro de salud, incluso normalmente, en las últimas décadas, prácticamente todos los nacidos bailenenses ven la luz del mundo en el hospital que se levantó en honor al santo padre de la iglesia, el cual se celebra su feria en su honor, San Agustín de Linares. Por no mentar el ir de compras, al cine, a los restaurantes, de tapeo, porque Linares sigue siendo ciudad de tapa… enorme. Entrar en el bar Jamón o en el “Stop” es sinónimo de saludar siempre a algún paisano…
Por estas razones y otras tantas, Bailén, sigue inundando la feria de Linares, desde que tengo uso de razón se esto, aunque hasta que no crecí y tuve la suficiente edad, me tire muchos años sin volver, porque el negro enlutado se cernió demasiado tiempo sobre mi casa, siendo aun demasiado jóvenes. Aún recuerdo el calor de la noche en la lúgubre plazuela, incluso caminar por la calle Carolina, en busca del paseo, la cual se encontraba como decorada con banderitas, quien me iba a decir los sentimientos que ha día de hoy me levanta cada vez que paso por esa calle. Un dato a tener en cuenta, al llegar al paseo, la juventud de entonces, si no me falla la memoria, se arremolinaba para entrar al concierto del grupo musical del momento: MECANO.
Pero aquella noche, siendo un mocoso, vi el portón de la gloria abierto de par en par, aunque el interior de San Agustín estaba prácticamente apagado. Y algo me llamó, ya era lo suficientemente grande para saber que en las iglesias podía haber cofradías y un impulso me llevó hasta su interior, mientras mi madre me regañaba para que no me alejara de ellos. Al entrar, un señor mayor de cabellera plateada creo recordar, comenzaba a cerrar la puerta izquierda conforme entras y me dijo que estaban cerrando… sin contestar vi entre la penumbra unas manos poderosas, llenas de tensión, impactantes, a mí me lo parecieron, en mi pueblo no había manos como esas… llegó mi madre y le pedí seguidamente a este señor si me dejaba entrar para contemplar las imágenes que estaban en aquella sencilla capilla, con sus paredes como forradas en tela o algo similar, la verdad estaba oscuro. Quizás por mi madre y mi demás familia este hombre paró un momento su cometido y nos dejó que nos plantáramos ante la capilla, pero algo alejados, desde el mismo umbral del portón por donde emergen los sentimientos del Jueves Santo.  Muy sencilla, un Cristo cautivo y a su derecha la Virgen, con la mirada alzada al cielo la cual me llamó dos cosas la atención, la primera era la extraña corona como le apunté a mi madre, nunca antes había visto una diadema como aquella, de esas dimensiones, años después las Aguas de Sevilla me enseñaría de que se trataba esa singular corona, que no era corona… y la otra es, que los grafismos de su rostro tampoco me recordaba a lo que conocía hasta entonces, eran diferentes pero no sé, tenían algo que me gustaron… comenzaba mi afición al arte supongo.
No sé dónde escucharía mi madre lo que espetó al ver aquel Cristo que definimos como el “Medinaceli de Linares”, pero que estaba vestido como el Nazareno “el nuevo” de nuestro pueblo, cuando le preguntó a aquel caballero que si el Cristo salía el Jueves Santo como cautivo y luego en la madrugá le ponían una cruz y se convertían en el Nazareno – en un símil similar a lo que ocurre en la también vecina Baños de la Encina-, la verdad nos fuimos pensando que era el Nazareno, que aunque no lo era, mi padre había oído hablar sobre el Nazareno de Linares, ya que un cofrade de la hermandad trabajaba en las aguas de Bailén y coincidían mucho en el bar del “cojo Saavedra”, donde aquel hombre llamado Ramón -que años después sería hermano mayor de la cofradía nazarena linarense- les hablaba de su cofradía, incluso llegó a apuntar a Antonio “El cojo”. La verdad que aquel hombre no contestó a mi madre, seguramente pensaría, ¿pero que dice esta?...

El instante fue fugaz, y lo que contemplé no era exactamente lo que les muestra esta fotografía que ilustra esta historia, pero muy similar, el hueco de San Juan vacío, y todo mucho más sencillo, seguramente llevaban poco tiempo residiendo en su nueva morada, quien le iba a decir a aquel niño de complexión muy delgada y tupido pelo rubio –igual que ahora…- que algún día aquellas desconocidas imágenes iban a ocupar un lugar importante en su corazón, y que incluso llegaría a ser su costalero, que aquel Cristo, que en realidad estaba prendido coronaria el altillo de su cama. Hoy pienso y he llegado a la conclusión que aquello no fue casualidad, ya siendo un jovenzuelo me llamó, quería verme y pasarme revista para su legión de seguidores. Y la verdad siga o no siga estando en su hermandad, si dejara de sacarlo e incluso de aparecer por allí, no me cabe la duda que Él siempre seguirá siendo uno de mis “Cristos”, uno que me dio muchísimo. Me ha sido gratificante recordar que una noche de verano, cuando el mismo comienza su marcha, en aquellas grandiosas ferias de San Agustín, el Soberano de Linares me llamó por primera vez a la igualá del alma…

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