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Dijo un tal Jesús de Nazaret...“Quien se ensalza, será humillado, quien se humilla, será ensalzado…” (Mt 23,12)

jueves, 3 de mayo de 2012

MIÉRCOLES SANTO... BAJO EL PALIO DE SEVILLA (II).

Mientras la Negación de Sevilla se alejaba entre “Bulerías de San Román”, la calle Feria se tornaba de ambiente veraniego, entre el calor de la vieja Híspalis y el frescor de unas hipotéticas olas que esperaban a su Reina. Se hacia julio de repente aunque el calor no nos asfixiara y el aroma de la gloria Sevillana se mezclaba con las costas marítimas que rinden gloria a su patrona. Pero no había barcas, pero si marineros que entonaban su bella Salve Marinera como si en el tórrido julio nos encontráramos para rendir pleitesía a la Estrella de los Mares, pero de un mar urbano de viejo abolengo sevillano. El barrio de la Feria se hacia costa, casi orilla de mar azul como el palio y el manto que cubre a esta especial María del Carmen con lagrimas en los ojos y sin niño Jesús, hoy el fruto bendito de su vientre tiene 33 años y va negado por su amigo, por el mundo…














Un palio más de Sevilla para esta singular advocación dolorosa, así lo pensaron sus fundadores en San Fernando, aunque ¿serian algún día capaces de vestirla como en su versión gloriosa, manto-capa blanco carmelita…? no lo se, pero esta nueva Reina de Sevilla pareciese que lleve toda la vida en el Miércoles Santo, aunque aun parezca más una de esas hermandades de fuera que siguen la esencia de su ciudad. La Señora que tallase Berlanga nos dibujaba esos grafismos que nos recuerdan a un San Juan muy familiar, bajo una gloria donde esta quizá la Reina de todas, aunque en el barrio seguramente y sin mucha duda mande la Señora que le daba música a su compás, excelsa partitura de Abel Moreno para la “Macarena”.




Comenzaba bien la tarde, con tintes de Domingo de Ramos esperado y soñado. Un misterio abría nuestro particular sentir, pero había que buscar al primero de los ejemplos que hacen que el Miércoles Santo sea “el día del crucificado”. Sin variar mucho nuestro último Miércoles Santo buscamos las faldas de la pobre iglesia de Santa Catalina, para que por la calle Santiago venga la primera hermandad de barriada moderna de la Semana Santa, por culpa de la lluvia claro. Una envidiable cofradía con un rico cortejo –con túnicas y roquetes los acólitos-, llevada en volandas por esta nueva formula de hacer cofradías y Semana Santa. Un barrio que camina detrás de su cofradía más conocido por albergar al Sevilla f.c, pero que para los capillitas de sevillanas maneras nos retrotrae a la valiente, retorcida y dramática escena del crucificado de la Sed. Sobre su soberbio paso dorado alcanzaba también una envidiable altura, un autentico calvario errante, primero por las avenidas y durante un tiempo por la vieja ciudad hispalense por donde va pidiendo Sed. Me gusta la forma de andar del Señor de Nervión, una zancada poderosa acompañada de las magnificas proporciones conseguidas con todo el conjunto, un autentico barcazo. El compás se lo marca Triana chica, o San Juan Evangelista, muy bien tocado pero siempre a la sombra de los grandes que ya arribaban anclas por San Martín. Revirá al compás de “Cigarreras de Triana” y a seguir con su largo y necesario largo caminar.












































Y si titulo la crónica con eso de “bajo el cielo de Sevilla” es porque durante toda la jornada el cielo fue cubierto por unas nubes que hoy no llorarían sus ansiadas lagrimas para los cultivos y malditas para los pasos. Era como un enorme palio, pero hoy uno de ellos seria noticia y el mismo venia glorioso y fino en su andar. Llegaba la Virgen de los ojos que se clavaron en el alma de Óscar. Ojos azules que un día soñara Dubé de Luque para mostrar a Sevilla una de las miradas más dulces e inolvidables. Y como llegaba la Consolación, Madre de la Iglesia consolando a una Sevilla que necesitaba de cofradías. Y su fino andar hacia que los flecos de bellota de las nuevas bambalinas trajeran un movimiento solemne y señorial. El trabajo de Charo Bernardino hacia que nos retrotrajera a nuestro respiradero del palio de Linares, obviamente compartían diseñador y ejecutor, fieles herederas de la escuela de Elena Caro aunque unos partían de los postulados del gran Cayetano González y el otro del no menos grande Antonio Garduño, en el detallismo está la diferencia. He de confesar que el ver la hermandad en este punto fue porque en un principio buscaba la plazuela de la Redención mientras la hermandad atravesaba la calle Santiago. No pudo ser, tendría que perder seguramente ver al Señor para contemplar algo que no sé si se habrá producido este año, pero parecía que en los últimos años, por ese rincón de Sevilla, este palio “rítmico” se convertían en “mustio” dibujando una estampa a pleno sol al compas de “Margot”. Y si el andar del Cristo me gustó, no se quedó atrás el de la Consolación mientras reviraba al único y sobre todo sublime sonar del eterno Farfán, aquel que dedicara su más grande partitura para la más sublime de la estrellas… estampa sevillanísima para la cofradía que lucha día a día por ser más “sevillana”, el palio ha sido un paso más.




Tenía una pena, que el único día completo no íbamos a poder saborearlo todo, había que quitar de uno para ver al otro. Y tenía ganas de sentir las taurinas formas cofradieras, la que traen desde San Bernardo su cofradía. Estaba cerca, seguramente lamiendo los albores de la Alfalfa. La multitud parecía buscar el nuevo objetivo. Que pronto este año se volvió loco el Miércoles Santo con sus ir y venir de cientos de personas por todo el centro. Había que jugársela haber que nos encontrábamos y hubo suerte o así lo sentimos cuando desde la calle San Juan –a los pies de ese azulejo que recuerda que un costalero (José Portal Navarro) se fue al cielo bajo sus divinas plantas- pudimos contemplar la chicotá pausada de la Salud, como no, crucificada. Estábamos algo lejos, lo digo porque quiero algún día que este paso me de en todas las narices para contemplar la magnificencia del maestro Cansino entre altos y esbeltos candelabros, tal como decía en el azulejo… “Yo abajo, Tú en el madero, por Amor…”. El Señor atravesaba la abarrotada plazuela mientras los músicos de Dos Hermanas entonaban esa triste y melancólica partitura, evocadora de las antiguas historias que profetizaban lo que iba sobre el calvario de rojo y salpicado morado… “La Historia de un Profeta”. Fueron minutos, instantes, volvía a encontrarme con el otro Dios de los toreros de Sevilla pero seguida de una nueva despedida hasta no se cuando y sin recibir el refugio de la que camina bastantes metros atrás, las cosas de las cofradías de Sevilla que hacen renacer barrios enteros que duermen y no siempre en la memoria de la ciudad.






Y había que buscar un nuevo objetivo, ya habíamos contemplado una nueva estampa para el corriculum de la vida y en eso que habría que añadir otra… cruce entre la calle Alberto Lista y Conde de Torrejón. Por allí se presentía el galope presuroso de un legionario romano confundido por todo lo que se había levantado. Longinos buscaba San Martín donde el cadáver de un carpintero galileo seguía irradiando su divinidad incluso después de muerto. Había que buscar la elevación gótica y las proporciones colosales. Pieter o Pierre Dancart pareciese renacer y hacerse discípulo de Espinosa para guiar las inmortales manos de Bejarano o Martín Fernández, había que buscar a la Imperial, la muerte según el maestro Illanes se alzaba para recibir a la Lanzada de Sevilla.











Y como San Martín ya se encontraba hasta la misma bandera había que buscar esa esquina donde normalmente la revirá se hace sublime al compás del ancla de Triana. Y la espera se hizo un poco larga, Félix y Javi nos la saciaron con zumito de cebada, rubia, fresquita y con un dedito de espuma hasta que en la lejanía el galeón neogótico lo llenó todo. Evocadores sones de “Medea” marcaban el caminar del portentoso calvario, ganando metros a las voces de Ismael Vargas, mientras una de las “marías” recrimina su acción al que seria santo romano. Llegaba poderoso, con la música que creo que debe de llevar este paso, clásico –no lo reconocí en ese momento- y la agonía cornetera que hizo grande a la banda por su XV cumpleaños, en esos toques de Triana con geniales partituras como “Cristo del Cerro”. Y con ese magnifico compás el galeón de San Martín se plantó ante nosotros, haciéndonos ver que a veces el mundo de abajo es de locos, y todo lo llenó y a todos nos enmudeció. Los ojos de todos se entornaban ante uno de los mejores pasos de la ciudad y de los más significativos, es una fantasía de locos imaginar pasos como este y una autentica locura verlo hecho realidad. Siguió su apasionante caminar y nuevamente tocaba perdernos a la Madre, el otro Buen Fin de la jornada porque quisimos buscar al otro Buen Fin, pero el del Señor. Pero no íbamos a acertar siempre, cuando atravesamos la abarrotada Alameda de Hércules que ya esperaba a La Lanzada y nosotros a la calle Jesús del Gran Poder. La hermandad de San Antonio podría estar por su peculiar discurrir ante San Lorenzo y el Señor de Sevilla, pero no, tendríamos que tachar de la lista hasta otro año al crucificado de los franciscanos, al que abrazan todos los días de su vida, pero ahí estaba Ella, algo lejos porque las bullas ya eran considerables. Bajo su peculiar palio, al son de “Virgen de los Negritos” pude rencontrarme años después en la calle con la Virgen de la Palma revirando en busca de la Campana. Desde el día de su coronación no veía el revoloteo de sus ángeles entre los varales de su palio mientras paseaba su dulce carita entre los expectantes y deseosos de pasión. Es de esos momentos de pasada, de no disfrutar como merecen, pero este día tenia tope, así que había que seguir buscando más cofradías y la duda se nos hizo presente en la calle Virgen de los Buenos Libros –curioso nombre, en la calle donde casi compro toda mi mejor bibliografía- entre apostarnos a San Vicente y perdernos al Baratillo o al revés. La opción fue buscar a la otra hermandad taurina de la Semana Santa, la de los angelitos toreros del llamador aunque al final también tendríamos ración de romanticismo de la collación de San Vicente.







El objetivo estaba marcado y había que alcanzar la denominada plaza de San Pablo, la que todos llaman de la Magdalena para apostarnos bajo el incomparable marco de una de las grandes iglesias sevillanas, para vivir mi primer gran momento bajo la mirada de las dos dolorosas baratilleras, para soñar bajo la cruz de su Piedad y saborear el buen hacer de la Caridad… allí en la Magdalena, me preocupaba Javi, del que desconozco su grado de “semana santero” como diríamos en nuestro pueblo, esta forma de ver cofradías es muy diferente y a la vez muy agotadora pero al contrario de mis pensamientos, me dijo que lo estaba “flipando”, que le encantaba como lo hacíamos, así quizás mi anónimo amigo paisano comprenda cual razón de mi “flipaura con los santos”, la Semana Santa de Sevilla es otro mundo…


CONTINUARÁ…
Fotos: Óscar Ortega y un servidor.

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